Capítulo 4

Después de eso, he empezado a vivir con este chico de verdad. He descubierto que no es un estudiante, según él, para disfrazarse mientras escapaba, desenterró un uniforme. Dice que en estos momentos no puedo volver a casa y que está, lógicamente, viviendo en la mía…
Dice que su madre le ha pegado desde pequeño para evitar que le hicieran daño, todo por su bien. Su padre también miraba por sus intereses, por lo que usó todo tipo de métodos para entrenar sus sentidos. Dice que así es como le querían. Es en este momento cuando comprendo que para él, el amor es lo mismo que la violencia y el hacer daño.
No pudo sacar el tema del por qué no quiero volver a su casa y a qué se dedica su familia, esa es la línea.  Si le preguntas sin querer, se levanta ansioso y te observa durante tres horas sin abrir la boca.
Aparte de eso, el resto sigue bastante tranquilo, al menos, la casa ya no está tan desolada como antes. No le he cambiado mucho – como psicólogo principiante que soy –, pero nunca le he dejado aburrirse. El muchacho ha aprendido a poner cara de pena, una cara muy parecida a la de Sai Pan An[1], y me mira para decirme que no quiere comer fideos instantáneos y que quiere ver la televisión. Así que, he usado la cuenta que pensaba que no tocaría en toda la vida, la que me dio ese hombre, el hombre que me da ganas de vomitar. Gracias a él he podido darle al chico su anhelada carne.

Unos pocos días después de que se mudase a mi casa, se negó a salir a comprar comida sin importar qué, por lo que le hice fídeos instantáneos en las tres comidas del día. Después de aquello, se puso un par de gafas de sol y apareció ante mí diciendo que ahora podía ir a comprar carne, y que quería el dinero. Pero el problema era que no tenía dinero… Así que el chico se puso esas gafas y me siguió hasta la escuela. Se dedicó a hacer el vago en mi oficina – que estaba vacía – hasta que sonó la campana a las once y media de la mañana, justo entonces, corrió a la cafetería a la velocidad de la luz para comer.
Su amor y obsesión por la carne va más allá de lo que alcanza mi imaginación. Acabó encantado con mi oficina por la carne.

Los despachos de las escuelas privadas son distintos a los de las públicas, sobretodo los del psicólogo. Tienen todo tipo de recursos, hasta una cama. Él suele sentarse en la cama, que no es demasiado grande, y me observa sin moverse, haciéndome sentir como que va a pasar algo malo. He descubierto que, en realidad, está muy ocupado. A veces pasa ratos muy largos hablando por teléfono, y cada vez que le suena el móvil sale para atender la llamada. Siento mucha curiosidad por saber quién es, pero nunca me permite escuchar el contenido de la llamada y odia cuando le pregunto sobre ello.
Una vez le escuché enfadarse y mencionar cosas como: “la región oeste” y “macarras”. Después de aquello, oí el sonido de un móvil rompiéndose y, cuando volvió a entrar, me dijo que quería un móvil nuevo, pero no quería que fuera con él a comprarlo.
–¡Qué holgazán eres! – Le dije. – ¿No sabes ni comprarte un móvil?
–No veo la luz.
–¿A quién intentas engañar?
Aquel mismo día, le compré el modelo más barato de Nokia. Cuando se lo di, le vi salir y, bajo el sol que entraba a la oficina por la ventana, rompió el móvil. Entonces, se dio la vuelta y me dijo que se le había roto el móvil.
–¡Lo has roto tú!
El chico, miró por la ventana.
–Ah… Me has descubierto.
–Está vez irás a comprártelo tú.
Se sentó en la cama y se envolvió con una sábana.
–No veo la luz.
–¿No me puedes dar otra excusa?
Se quedó callado unos instantes.
–La luz no me ve.
Y así es como le acabé comprando un IPhone. No, no puedo decir que se lo regalé, más bien se lo “tiré”.
–Voy a añadir todo este dinero a tu deuda, ¡para que cuando llegue el momento puedas ir a pedirle a tu madre que lo pague!

Tiene muchas excentricidades, como que le gusta abrazarse a algo cuando duerme. Al principio le dejé abrazarse a un cojín, pero después me empezó a abrazar a mí.
–¿A quién abrazas cuándo estás en casa?
–Al perro.
–No soy un perro.
–Sí, el perro es más cómodo que tú.
–¿Te vas a soltar tú solito o quieres que te patee?
–Me voy a callar.
Lo que menos consigo tolerar es su miedo a los rayos. Normalmente, la gente le teme a los truenos, sin embargo, a este muchacho le asustan de sobremanera los rayos.
En cuanto ve un rayo, se entierra en el sofá o debajo de las sábanas y no sale, como una estúpida almeja.
Al final, en las noches plagadas de rayos se limita a abrazarse al televisor y no duerme.
–¡Hay rayos! ¡Habrá un cortocircuito!
Desenchufo el televisor y le arrastro a la cama hasta que me despierta. Un par de bellos ojos negros relucen mirándome.
–¿Crees que al final se comen a la oveja?
–No me digas que no la has visto nunca.
–Nunca.
–No te preocupes, no se la comen.
–¿Por qué no?
–¿Quieres que lo hagan?
–Las ovejas nacen para que se las coman.
–Ye CanSheng, puedes luchar para vivir, al menos, no deberías rendirte al destino.
–Nadie me había dicho eso nunca.
–Bueno, ahora sí.
–¿No crees que sería bonito ver cómo se comen a la oveja? Tan rojo, tan bonito…
–¡Calla! ¡Maldito mocoso, ¿me despiertas en medio de la noche para decirme esto?! – Ignoro la piel de gallina y le cubro el cuerpo con la sábana. – Date prisa y vete a la cama. Cuando te despiertes, seguirás viviendo. Tú decides cómo vives, el lobo no se come a todas las ovejas. ¡Hay cosas que tienes que perseguir sin importar lo que cueste!
–¿De verdad?
–Pero tengo que añadir una cosa: no me gusta esa oveja.
–¿Y la otra?
–Vale ya. Me gustan las personas, no las ovejas, ¡¿vale?!
–Oh…
–¿Por qué sonríes así?
Esta vez es él quien me pasa la sábana por encima.
–Duerme.
–Maldito criajo.
¿Cómo lo explico? Es como un niño grande, a veces es tan infantil e ingenuo que me quedo perplejo, a veces es tan frágil y lleno de dolor que me siento impotente, pero en otras ocasiones, es tan perversamente mórbido que me asusta.
No sé si el incidente de aquel día fue, o no, un accidente. Quizás como no veía ningún otro problema, lo pasé por alto.
Aquel día el mocoso se subió a mi escritorio en el despacho. Se había puesto mi camisa, con el cuello algo abierto dejando ver la clavícula. Su rostro parecía frío con pizcas de enfado, sus ojos negros eran profundos y oscuros, con una frialdad afilada…
Pocas veces está tan serio.
–Dicen que sedujiste a tu padrastro.   
En ese momento supe de inmediato que debía haber escuchado las palabras de las profesoras que tanto amaban cotillear.
–Para empezar, todavía no es mi padrastro. – Hablé con mucha paciencia. – Mi madre y él no están casados, pero seguramente pasará en algún momento. En segundo lugar, no le seduje. Y para acabar, no vuelvas a sacar este tema.
Cuando terminé de hablar, me cogió por el cuello. Sus fríos dedos acariciaron mi arteria. Sus ojos mórbidos contemplaron mi arteria, las esquinas de sus labios se curvaron. Su expresión facial me dio ganas de empujarle, pero sabái que si lo hacía, se sentiría mal.
Es un chico extremadamente frágil.
Cuando me levanté por la mañana el día que le aparté cuando intentó usarme de cojín, me lo encontré escondido en una esquina, abrazándose las rodillas y murmurando:
–¿Qué he hecho mal? Si he hecho algo, puedes castigarme… Castígame… Castígame…
Su momento más frágil es la noche. Al ver aquello decidí que tenía que cambiarle.
Siempre me responde, si no lo hace significa que el tema es muy importante para él o que está muy enfadado.
Intenté no apartar la mirada.
–¿Te importa tanto porque me menosprecias?
–No, no es el hecho en sí. Es que, si es algo que tiene que ver contigo, ¡no puedo enterarme por otra persona! – En ese momento, sus ojos rebosaban deseo de matar y fiereza.
–¿Quieres controlar la boca de los demás?
–¡No pueden mencionarte! ¡Nadie puede tocarte!
–Hey, chico… – Me cogí a la mano que seguía en mi cuello, tranquilizándole. Podía sentir su agitación.
Miré su expresión sedienta de sangre y no pude evitar sorprenderme por dentro, sus palabras albergaban demasiada posesividad y poder, acabando con la imagen que tenía de él.
Ahora mismo, asusta a la gente, te hace sentir que todo está a tu alcance.
–Eres mío.
–Soy de mi madre…
–YunSheng…
–¿Qué quieres, niñato?
–¿Alguna vez te han montado?
–Una vez me mordió un perro.
–O sea que sí…
–Ye CanSheng, te reto a repetir eso.
Soltó mi cuello, entonces, anduvo hacia la cama y se subió sin quitarse los zapatos, agazapándose en una de las esquinas.
–¿Estás enfadado?
–No.
–¿Por qué no?
–Porque soy tu psicólogo, no te abandonaré, ni me enfadaré contigo hasta que te hayas recuperado del todo.
–¿De verdad?
–Sí.
CanSheng se grabó esa frase que yo había dicho como si nada en lo más profundo de su corazón.
En realidad, en ese momento deseaba escapar. Él no dejaba de repetir la frase entre susurros, como si quisiera que la escuchara. Pero como siempre decía cosas raras, como que no puede ver la luz, o que la luz no quiere verle, o que están creciendo champiñones en una esquina, pensé que estaba bromeando.
Creo que es capaz de generar un anhelo tan obsesivo por la historia de otra persona por su personalidad extraña y retorcida, como cuando dice que hiere a los otros por amor.
Está enfermo.
Esa es la conclusión.
En ese momento no sabía que ese incidente sería lo que desencadenaría lo que me destruiría por culpa de una tarjeta de crédito que no debería haber tocado y de una persona que pensaba que no volvería a ver en mi vida – mi padrastro.
Por su culpa, CanSheng me arrancaría el tendón de Aquiles.
Me seca las lágrimas que me caen de los ojos por el dolor y dice:
–Tus piernas no se portan bien, se han atrevido a irse con otro. Pero ahora, serán mucho más obedientes.


[1] Sai Pan An (赛潘安) fue un escritor famoso en la dinastía occidental Jin que parece haber sido muy atractivo.
Title: Capítulo 4
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Writed by Nana L15R1

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